06 de julio, 2018 · Mis historias · Comentar ·

Cuando las ruedas dejaron de tocar el suelo

Soñé que despertaba el sol un límpido día de verano mientras una fresca brisa hacía moverse con pereza la manga del viento en el aeródromo. El viejo biplano rojo me aguardaba en la cabecera, brillaba su fuselaje con los primeros rayos de sol. Y me llamaba, parecía decirme "Sube y volemos", pero mis pies intentaban arrancar del suelo unas botas enraizadas en una tierra plagada de malas hierbas que abortaban cualquier amago de dar un paso adelante. Así que me descalcé y aún trataron de aferrarse a mis pies arañando con sus espinas la piel a cada paso para detenerme, sin conseguirlo.

De repente me vi en el interior de la cabina. Era la más austera de las que podía haber visto, con a penas cuatro relojes y desprovista de cualquier adorno. Me acomodé en el asiento y comprobé los controles; todo funcionaba suavemente. "Ha llegado el momento" - pensé.

El motor radial hacía trepidar toda la estructura, el miedo y la euforia combinaban un cóctel de emociones. Eché un vistazo atrás justo a tiempo para ver como mis botas desaparecían en la maleza. "Adelante" - me dije y empujé el mando de gases. El motor rugió al iniciar la rodadura por la pista, las palas empujaban fuertemente el aire. Un instante después el patín de cola se levantó, el fuselaje se había alineado horizontalmente con la pista y un suave tirón de la palanca nos despegó del suelo.

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